Tito Kuramotto regresa a los paisajes

El artista Tito Kuramotto expone en Manzana 1 Espacio de Arte una colección de 34 pinturas de gran formato y con paisajes o elementos de la naturaleza como eje temático. Con óleo sobre lienzo el pintor recrea árboles de toborochi, tajibo, motacú, bejucos, helechos, así como escenas y colores de la geografía oriental que le es familiar. El haiku, que es parte de su obra, canaliza su sentir y pensamiento.

EL ARTISTA
A tres años de tocar el portal de los 80 de edad y con más de seis décadas de trayectoria profesional, la libertad creativa que asume es lo que hoy provoca mayor satisfacción al artista Tito Kuramotto Medina.

Este personaje cruceño del arte, que marcó época con su realismo, que luego giró e indagó en las formas expresionistas y cubistas y que mezcló estilos sumergido en búsquedas personales, ahora admite que no quiere sujetarse a nada establecido sino hacer lo que le gusta sin pensar si es anticuado, moderno o si ya se ha hecho o no.

“Estoy en un nivel en el que no me importa lo que digan los críticos, si se vende o no se vende mi trabajo, tampoco me importa botar dinero porque cada cuadro es un gasto”, afirma. Él siente que lo fundamental como autor es gozar de su oficio y de su producción.

Además de sus cientos de cuadros pintados a lo largo de su vida, de sus acciones como gestor cultural fundador del Taller de Artes Visuales de Santa Cruz de la Sierra, de su vocación de maestro y de su voz reflexiva y crítica como pensador, su mayor legado ejemplificador para la sociedad es su honestidad, además de unas 200 pinturas que tiene, y las que vendrán, que son herencia para sus cuatro hijas.

SUS INICIOS
Kuramotto también es un pionero del arte en Santa Cruz. Llegó a él impulsado por la atracción que sentía hacia la historieta. En 1955 su prioridad no era pintar cuadros, sino ser dibujante. Hizo cursos por correspondencia y sus ídolos eran Alex Raymond, el famoso autor de Flash Gordon y Hugo Pratt creador del Sargento Kirk, que más tarde fue su profesor y corrector de sus dibujos en Buenos Aires.

Paralelamente daba pasos en la pintura. Preparaba sus lienzos y con caballete salía a pintar al Arenal y al Tao. Hasta entonces del único que se sabía que pintaba era de Armando Jordán. En 1958 coincidieron en una exposición, en el Club Social de Santa Cruz, probablemente la primera del siglo XX. Participaron Jordán, Jorge Rozsa, Herminio Pedraza y Tito Kuramotto.

“Ahí conocí a Herminio. Su pintura entonces era surrealista. Me asombró porque pintaba grande. Sus cuadros eran de dos metros, los míos eran de un cuarto de metro cuadrado”, recuerda.

A nadie, en su entorno familiar, le parecía buena idea que se dedique a pintar. Todos creían que se trataba de un pasatiempo. “Pensaban que al final me iba a enderezar -dice con una sonrisa- y a tomar una profesión como mis hermanos”. Entre ellos había un médico, un militar, una bioquímica, una odontóloga y una secretaria ejecutiva. Finalmente, cuando en 1960 le tocó la etapa universitaria, se fue a La Paz para formarse en Arquitectura. Estuvo un año y medio. Cuando murió su padre regresó para acompañar las exequias y no volvió.

“Me sentí desligado de compromisos, tanto que me fui de fotógrafo. Compré una cámara, una copiadora y fui a la chiquitania, sobre todo a San Ignacio de Velasco. Estuve parte de 1960 y en 1961 volví al festejo del cuarto centenario de fundación de Santa Cruz.
Encontré un teléfono en la casa. El 1961 llegó la telefonía a Santa Cruz. Abrieron el primer anillo. Me dijeron que había una escultura en la ciudad, era el Cristo Redentor. La avenida Mons. Rivero estaba recién abierta, no había casas, todo era campo. Yo tenía 20 años”.

SU MAESTRO Y REFERENTE
Pasados los festejos Kuramotto identificó que el arquitecto húngaro Jorge Rozsa Obermayer era profesor en la Escuela de Bellas Artes. “Fui y vi cómo él cambió la escuela: tiró las estampitas y tonterías que copiábamos antes, puso modelos desnudos, mandó a hacer caballetes grandes con tableros, nada de dibujitos tamaño carnet, dibujábamos con carboncillo grueso. Como conocedor de historia del arte nos daba conferencias. Él fue nuestra epifania, nos abrió la mente a mí, a Marcelo Callaú, Herminio Pedraza, Olga Rivera, Heberth Roman, Carmen Villazón, José Peña…”

Basado en esas memorias Tito Kuramotto opina que Jorge Rosza merece ser reconocido entre las personas que más colaboraron a la cultura en Santa Cruz, ya que no solo trabajó con la Escuela de Bellas Artes, de donde catapultó a figuras de la pintura cruceña, sino también aportó al Teatro Experimental Universitario.
Escribió libros y obras de teatro que puso en escena y resultaron ganadoras en festivales de Sucre y La Paz.
Sin la influencia de Jorge Rózsa, Kuramotto cree que ahora estaría haciendo pergaminos. Rozsa también convenció al padre de Marcelo Callaú y a Ramón Darío Gutiérrez para que, con una beca, lo envíen a Europa, lo cual sucedió.

Entre 1969 y 1971, cuando hubo el golpe de estado de Hugo Banzer, Jorge Rozsa creó la Escuela de Artes Plásticas con la participación de Kuramotto y el escultor Jorge Chuquimia. En dos aulas y con 20 estudiantes se hacían cosas interesantes. “¡Es uno de mis mejores recuerdos!”, exclama el pintor.

Tras el golpe, los paramilitares destruyeron 12 esculturas de tamaño natural hechas en yeso y recién vaciadas, una colección de diapositivas y una proyectora. “Tuvimos que escapar porque, además, esa escuela era un nido de subversivos. En esa época el que no era comunista o por lo menos socialista era un pobre tipo. Cosa que, dicho sea de paso, yo ahora detesto”, confiesa Kuramotto.
Poco después obtuvo la beca que lo llevó a Francia.

A ESCALA INTERNACIONAL
La experiencia de formación de Kuramotto fuera de Bolivia lo nutrió de lo que acontecía en el ámbito internacional. Tuvo maestros de jerarquía, los de Buenos Aires mandaban tiras de historietas a Nueva York y a París.

Después de la capital argentina, a partir de 1972 Kuramotto estuvo en París. Fueron dos años en los que, como ganador de una beca de la Fundación Patiño y motivado por hallar una alternativa nueva para él, pudo ser parte del Atelier 17 del londinense Stanley William Hayter, famoso grabador y pintor abstracto. Con él aprendió la técnica Hayter, de su invención, para grabar con una plancha que tenía diferentes relieves y rodillos -uno duro y otro blando- en base a la viscosidad del aceite para lograr la separación de los colores.

Un beneficio más de su estadía en París fue su acercamiento a los museos, como el Louvre y otros a los que iba jornadas íntegras. Allá también se reencontró con el escultor Marcelo Callaú, que se había ido en 1968, justo al Mayo Francés. Entre sus conversaciones estaba siempre presente el plan de hacer algo en Santa Cruz que supla la ausencia de las cerradas escuelas de Bellas Artes y Escuela de Artes Plásticas.

HACE ESCUELA
Cuando Kuramotto volvió a su tierra en diciembre de 1973 se propuso dictar un taller. Para eso pidió prestado un ambiente del colegio Josefina Goytia hasta que tramitó la concesión de las dos mismas salas de la ex Escuela de Bellas Artes, en el edificio de la calle Seoane.

Ahí fundó el Taller de Artes Visuales, en enero de 1974. En septiembre de ese año volvió Marcelo Callaú y se incorporó. En enero de 1975 llegó Herminio Pedraza, que anduvo en México y también se unió, con Olga Rivera. Fue entonces que se produjo la fundación oficial.

La obra se hizo a pulmón, con aportes de todos. Sin embargo, en la gestión de Guy Coutand como director de la Casa de la Cultura se consiguió del Comité de obras públicas el local del segundo anillo donde funciona hasta hoy. “Ahora tenemos un horno de cerámica, un horno a leña, prensa de grabado, prensa de xilografía, mesas y caballetes. Es la única escuela de arte vigente”, dice Tito Kuramotto.

ESCENÓGRAFO Y CREATIVO DEL CARNAVAL
El TEU, Teatro Experimental Universitario, es otro espacio en el que Kuramotto plasmó su ingenio, cuando era dirigido por Jorge Rozsa y Humberto Parada Caro. Hizo 11 escenografías en formas tridimencionales, con el uso de pintura, pero sobre todo uso de luces y telones.

A Tito Kuramotto le atrajo desde siempre el diseño y creación de carrozas de Carnaval por ser un trabajo artísticos grande. Casi siempre sus carros tenían atrás una gran pintura para crear un ambiente, aunque tambien utilizó elementos escultóricos con personajes y/o animales. “Era como una escenografía teatral”.
Hace cinco años que dejó de hacer alegorías por la exigencia física de esta labor.

HUELLAS DE LA AMISTAD
Marcelo Callaú (+) y Herminio Pedraza (+) fueron sus grandes amigos. Lo dejaron y los recuerda como los amigos constantes que mantuvo en el transcurrir del tiempo y la distancia. Se veían casi cada fin de semana. Compartían una comida, vinos y charlas interminables. El tema recurrente, el arte. A veces Kuramotto era el anfitrión en su casa próxima a la Av. Mutualista. Otras era Marcelo en su quinta del Km 9, donde se lucía como un gran cocinero. Otras iban a Buena Vista, La Guardia o El Puente, lugares de Herminio. Y esporádicamente aparecía el escultor Roy Prinz.

“Se fueron, me dejaron solo y no pude engranar en ninguna otra parte. Es notable la diferencia generacional, la gente joven piensa totalmente de otra manera. Quise intentar unas dos o tres veces hasta que vi que era mejor vivir solo”.

EL PERSONAJE
A Tito Kuramotto lo cobija su taller de techo alto, repleto de cuadros y con música clásica de fondo, en la casa familiar que construyó en el auge de las ventas de sus pinturas cuando su realismo fidelizó coleccionistas que demandaban su trabajo. Ahí pasa la mayor parte del tiempo cuando no está en la universidad Gabriel René Moreno, donde es docente en la carrera de Arte.

“Lo que pasa es que uno está haciendo algo y se acobarda. Uno busca otra cosa. Es lo que me pasó. Fue como patear la escalera y quedarme colgado de la brocha. Desapareció mi clientela. Es que el gusto artístico incipiente va por el realismo. Nunca me he sujetado a eso. Incluso hice un manifiesto defendiendo mi trabajo”.

Hoy pinta paisajes, los toborochis son una constante en su obra reciente. “Estoy volviendo a lo que empecé a los 15 años. Lo que más me gusta es la naturaleza”.